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Arquitectos: HARQUITECTES
- Área: 866 m²
- Año: 2023

En los últimos años, la comida ha adquirido un nuevo papel dentro de la arquitectura, no simplemente como un programa o tipología, sino como una práctica espacial compartida. Más allá de los restaurantes o el diseño de comedores, los espacios de alimentación comunitaria se entienden cada vez más como entornos donde la presencia, el ritual y el tiempo se intersectan, permitiendo a las personas reunirse, quedarse y coexistir. En estos entornos, comer no solo ocurre dentro del espacio; lo moldea activamente, transformando temporalmente ambientes ordinarios, prestados o improvisados en lugares de intercambio.
Este cambio es visible en una amplia gama de proyectos construidos, instalaciones y espacios comunitarios que utilizan comidas compartidas como una manera de reunir a las personas. Iniciativas como Fondo Supper Club enmarcan la cena como una plataforma social, utilizando la comida para conectar a artistas, diseñadores y comunidades locales a través de la conversación y la colaboración. De manera similar, sit.feast, presentada durante Milan Design Week 2024, abordó la mesa como una instalación espacial, donde sentarse y comer juntos se convirtió en el medio principal para producir colectivamente el espacio.


Más allá de su estética, materialidad o metodología de instalación, el papel de los cielorrasos en la arquitectura contemporánea ya no solo se remite a ocultar estructuras o instalaciones internas en los edificios. Aportando cualidades funcionales como absorción acústica, aislamiento térmico, eficiencia energética, protección contra el fuego, iluminación integrada o facilidad de mantenimiento, las diferentes disposiciones de cielorrasos son capaces de combinar flexibilidad y versatilidad acorde a las diferentes necesidades y usos de sus ocupantes. Interiores de oficinas, restaurantes, consultorios, locales comerciales y demás espacios ganan protagonismo a través de la aplicación de cielorrasos con intenciones y mensajes claros que contar.









Reflexionando sobre la ciudad moderna, Walter Benjamin describió al flâneur, una figura que camina sin un destino definido, atenta a los detalles, encuentros fortuitos y las narrativas que emergen del espacio urbano. Esta forma de estar en la ciudad, moldeada por la observación y la apertura a lo inesperado, ha estado en tensión durante mucho tiempo con los ideales racionalistas y funcionalistas que comenzaron a guiar la planificación urbana a lo largo del siglo XX. Las calles diseñadas principalmente para la eficiencia y el flujo rara vez dejan espacio para desvíos, pausas o la coexistencia de diferentes ritmos de vida.
Jane Jacobs también fue una de las voces que desafiaron esta lógica predominantemente racionalista, argumentando que las calles verdaderamente vibrantes son aquellas capaces de sostener la diversidad de la vida cotidiana, sus intercambios informales y las formas de cuidado y vigilancia natural que emergen de ellas. Lo que estos autores comparten es una percepción fundamental: las calles no son meras infraestructuras para la circulación, sino ecosistemas sociales, moldeados por las relaciones, usos y encuentros que tienen lugar en ellas.