

Descripción enviada por el equipo del proyecto. Diseñar una casa para alguien es construir un retrato. El retrato de uno o más seres humanos en su relación con otros y con el mundo. La Casa Ortega fue diseñada para un hijo devoto. El encargo estaba claro: un pabellón para los padres, otro para Raúl y una potencial familia. Dos casas en una: independientes e interconectadas. Dos eslabones abiertos que se concatenan en un 8 horizontal, símbolo de lo infinito, del eterno retorno. Una forma de desatar los lazos sin rasgarlos es ofreciéndoles su justo espacio. Lo social (cocina, comedor, sala) podía compartirse; lo privado (habitaciones y baños) podía separarse. El punto de partida fue, entonces, el ensamblaje de dos piezas de igual forma pero distinta escala: una C que abrazara un jardín para Raúl, otra C que abrazara otro jardín para sus padres. La primera recibiría el sol de la tarde y se orientaría hacia la cordillera que perfila su horizonte, la segunda recibiría el sol de la mañana y se orientaría hacia el interior. Por la naturaleza doble de la casa, la superficie de la zona privada, en segunda planta, superó a la superficie de la zona compartida y semi-compartida, en planta baja. Un par de muros inclinados salvan la diferencia y adquieren su propia función y vida: uno como biblioteca escalonada, el otro como jardín interior, donde se escalonan las macetas.



































