Arquitectura e integración urbana: es posible transformar la ciudad con un balcón hacia la calle

Hace algunos años, una de mis profesoras favoritas de la universidad (quien me inspiró a estudiar urbanismo) me buscó con un pequeño encargo: quería transformar la ventanita de su recámara en un balcón para asomarse a ver la calle.

La tarea, más que un mínimo ejercicio de reforma -con costos, materiales, mano de obra, planos y detalles- para mí implicó reconocer en ella una postura sobre la arquitectura y su relación intrínseca con las ciudades. Ampliar un vano resultó en mucho más que mejorar la iluminación y ventilación de la recámara. Se trató de un gesto sutil, pero portentoso, que cambió la dinámica de la casa y la cuadra entera. El balcón se convirtió en un nuevo espacio lleno de flores de estación desde donde ella podría sentarse a escribir admirando el exterior. Con un par de “ojos en la calle”, la ciudad, a su vez, obtuvo un poco más de vida.

El ejercicio fue contrario a casi todo lo que había hecho en la universidad. En mis clases y talleres siempre había reducido los proyectos a una cuestión dicotómica, lo que está adentro y lo que está afuera. Era como si lo público y lo privado fueran dos entidades completamente opuestas y simétricas y estuvieran separadas por una línea tácita e incuestionable. Al igual que la mayoría de mis compañeros, me dedicaba a presentar planimetrías y renders sin referencia al lugar en que el proyecto se insertaba. Concebía la arquitectura como un proceso de diseño de elementos aislados que guardan poca o nula relación con su entorno. Era como si aterrizaran en el vacío. 

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© Ximena Ocampo

No sorprende ver cómo esta práctica se extiende luego al ámbito profesional. Al pensar que la arquitectura se trata únicamente de objetos privados; proyectados en terrenos privados, comisionados por clientes privados. Las y los arquitectos muchas veces asumen que el espacio público es solo aquél que comunica a un edificio con otro, en vez de espacios comunes que se configuran y complementan con el aterrizaje de cada nueva propuesta. Así, gran parte de los proyectos arquitectónicos que se construyen hoy en día son más bien piezas de autor. Resultan estéticamente atractivas, pero a las cuales es casi imposible llegar (¡y ver!). Se trata de edificios alejados de los centros urbanos y desconectados de la calle por muros. Además de cajones de estacionamiento, entre otros elementos que le dan la espalda a su contexto.

Esa arquitectura podrá ser atractiva visualmente, pero no brinda ningún beneficio a los lugares en los que se construye. Más bien, termina generando condiciones urbanas completamente inhóspitas (uso esta palabra intencionalmente pues implica lo contrario al recibimiento y acogida de visitantes y extraños). En ella no existe acto alguno de generosidad por fuera de sus límites estéticos; sino lo opuesto: muros ciegos, púas y vallas que niegan la posibilidad a otras personas de recargarse en una fachada a descansar.

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Es cierto que muchas de las características físicas de la arquitectura responden a peticiones de clientes y, sobre todo, a legislaciones locales: alturas permitidas, diseño de fachadas, vanos, ubicación de estacionamientos, etc; pero si estas convenciones nunca se cuestionan o retan, nuestras ciudades poco van a cambiar. En un inicio, atribuía esta falta de crítica a la ingenuidad de la profesión y su formación escolar.

Ahora sospecho que, a quienes la estudian y practican les cuesta comprender la complejidad de lo urbano y, ante ello, es más sencillo retirarse. A la arquitectura no le interesa pensar en el espacio público porque la pone en conflicto. A diferencia de un proyecto con un cliente definido, como una casa o un edificio de oficinas, pensar el espacio público implica aprender a perder el control, ceder ante la indeterminación y las contradicciones de la ciudad. Es decir, favorecer la flexibilidad y el “mal” uso del espacio. Todos estos, aspectos con los cuales la disciplina, desde hace poco más de un siglo, ha estado en discordia. ¿O ya olvidamos que Le Corbusier le declaró la muerte a la calle?

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© Ximena Ocampo

Tal vez gracias a otras disciplinas finalmente entendí que la arquitectura, por lo menos la que a mí me interesa y sobre la que intento practicar, sí tiene una responsabilidad y cumple funciones que van más allá de sus límites espaciales y de propiedad. Y que, aunque trabaje para un cliente privado, ésta tiene un impacto hacia afuera de sí misma. No asumir este compromiso ha provocado la pérdida de elementos arquitectónicos y espacios que históricamente han funcionado como transición entre lo público y lo privado. Hablamos de zaguanes, alféizares, balcones, escalinatas, vitrinas y portales que hoy más que nunca son necesarios para la protección climática y el cuidado.

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Es cierto, para cambiar las ciudades es imprescindible transformar sus calles, parques y plazas, pero solemos dejar esos retos a funcionarios públicos y muy de vez en cuando a las y los urbanistas. Pareciera que la ciudad y lo común fuera responsabilidad de otros. Quisiera argumentar lo contrario. Que un gesto tan simple como abrir un balcón, ofrecer resguardo de la lluvia o entregar un frente verde es una invitación a reunirse. A entrar a un edificio o simplemente a habitar sus bordes, permitiendo la aparición de cosas, acciones y personas imprevistas. Es decir, un primer paso en la construcción de ciudades que nos incluyan a todos y a todas.

Este artículo forma parte de una colaboración y fue originalmente publicado en el sitio web coolhuntermx.

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Sobre este autor/a
Cita: Ximena Ocampo. "Arquitectura e integración urbana: es posible transformar la ciudad con un balcón hacia la calle" 31 oct 2023. ArchDaily México. Accedido el . <https://www.archdaily.mx/mx/1008838/arquitectura-e-integracion-urbana-es-posible-transformar-la-ciudad-con-un-balcon-hacia-la-calle> ISSN 0719-8914

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