
Hace algunos años, una de mis profesoras favoritas de la universidad (quien me inspiró a estudiar urbanismo) me buscó con un pequeño encargo: quería transformar la ventanita de su recámara en un balcón para asomarse a ver la calle.
La tarea, más que un mínimo ejercicio de reforma -con costos, materiales, mano de obra, planos y detalles- para mí implicó reconocer en ella una postura sobre la arquitectura y su relación intrínseca con las ciudades. Ampliar un vano resultó en mucho más que mejorar la iluminación y ventilación de la recámara. Se trató de un gesto sutil, pero portentoso, que cambió la dinámica de la casa y la cuadra entera. El balcón se convirtió en un nuevo espacio lleno de flores de estación desde donde ella podría sentarse a escribir admirando el exterior. Con un par de “ojos en la calle”, la ciudad, a su vez, obtuvo un poco más de vida.






