
Svante Myrick rechazó el cajón de estacionamiento al que tenía legítimo derecho y lo convirtió en un pequeño parque de uso público, parklet que le llaman ahora.
Poco antes había decidido dejar de utilizar el automóvil para irse a su trabajo y empezar a hacer el desplazamiento a pie, al igual que el 15% de los habitantes de su ciudad.

