
Mientras más oculto y más lejos, más magia; mientras más se vislumbra tierra, cielo y agua, más misterio. Conocer sus pueblos es entrar al Perú profundo, que posee costa, sierra y selva. Además del inmenso mar está el desierto costero, las elevadas montañas definidas por la Cordillera de los Andes que lo atraviesa de norte a sur, y la vasta selva que guarda el origen del río Amazonas. Y sobre este paisaje se asientan construcciones y poblaciones de culturas milenarias. Entonces, imaginen cuántas atmósferas quedan aún por descubrir en los encuentros más recónditos de esta biodiversidad. La variedad de climas es proporcional a los diferentes tipos de pueblos: pueblos de brujos, fantasmas, perdidos, flotantes, de lenguas antiguas u olvidadas, de músicos, de piedra, de barro, de colores…
Visitar un pueblo es viajar en el tiempo; parecen de cuentos pero son muy reales, pequeños y pintorescos, místicos y rurales, ancianos y niños, paisajes-arquitecturas de ensueño y costumbres ancestrales. Basta respirar el aire puro, disfrutar del silencio y quedarse en quietud. No es sólo para mirar, se puede tocar; es cultura viva para compartir desde las tradiciones locales y la realidad de sus cálidos pobladores, quienes son pocos y viven con sencillez practicando actividades oriundas. Nos recuerdan el cariño, la humildad y los detalles, cosas simples que los arquitectos a veces olvidan al diseñar según culturas foráneas sin valorar sus raíces.
Ahora bien, decía el abuelo retando al porvenir; para empezar esta guía déjense llevar en estado contemplativo.
