Sáenz de Oiza: una vuelta en bicicleta

El renombrado arquitecto español Sáenz de Oiza [1918 - 2000] era un devoto practicante del ciclismo. Como él mismo confesaba, tras mudarse desde Navarra a Madrid junto con toda su familia para que este comenzase sus estudios en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid [E.T.S.A.M.], y contextualizados en una España en ebullición política y social, tras el estallido de la guerra civil en 1936, su vida cambió por completo. En 1938 fallece su padre, y es él quien debe hacerse cargo, en cierto modo, del sustento de su familia. Estos recuerdos, el pesar emocional y económico durante sus primeros años de vida, conllevaron a que, tras su posterior éxito como arquitecto, parte de la fortuna económica hacinada hasta entonces la gastase en caprichos materiales de los que no gozó en su momento: coches de alto rango económico o bicicletas, las cuales le gustaba coleccionar.

Otro extraño recuerdo suyo corresponde al momento en que, tras mantener una especie de competición espontánea con otro desconocido ciclista en el trayecto de vuelta de La Granja a Madrid, el otro le preguntó por Puerta de Hierro: “Oye... ¿En qué equipo corres?”. Y se acabó descubriendo que el desconocido contrincante era nada menos que Federico Ezquerra, un ciclista vasco de leyenda. Aquel momento debió resultar muy agradable para él.

Edificio residencial Torres Blancas, S. Oiza [Madrid]. Image © Martin P. Szymczak [Flickr bajo licencia CC BY-NC 2.0]

Y es que el pensamiento arquitectónico del navarro, su forma de hacer, de pensar, se asemeja mucho a su afición con la bicicleta. Pensamiento errático. Su nomadismo quizás exprese algo de esa actitud, operando siempre por largos rodeos, con círculos concéntricos (y excéntricos, también) al hecho...

Sáenz de Oiza no poseía un pensamiento estructurado. Sino que divagaba, como hombre sensible, poético, extraviándose hacia los límites del pensamiento abstracto, generando frecuentes galimatías. Su mundo es otro, un caleidoscopio de fragmentos, de flashes, de intuiciones; concretas, puntuales.

De carácter algo complejo, es importante distinguir algunos aspectos de su personalidad. No es lo mismo la complejidad expresada en su dimensión profesional como arquitecto que sus actuaciones como provocador, teórico, etc. Teatralidad. Tampoco resultan simétricos los aspectos de su “capacidad interpretativa” con sus diversas gestiones dentro del área de la docencia, por ejemplo. Quería ser un gran teórico y lo que era, en el fondo, era un espectáculo; puro happening, un espléndido arquitecto representándose a sí mismo... Mostraba siempre una capacidad extraordinaria para la fabulación vehemente, como convenciéndose a sí mismo.

Proceso de construcción. Nuestra Señora de Aránzazu [1951]. Image Cortesía de © Fundación ArantzazuGaur

En cierta manera Oiza tenía, hubo de tener siempre, y pese a su talento, un cierto retraso en su visión de vanguardia. Operaba al margen de la complicada sucesión de -ismos de la época. No prestó atención a los temas tratados por el minimal, ni el regio conceptualismo, el body-art, etc. Esto tampoco significa que fuese un hombre que caminase sólo dentro de esa tendencia. Tenía que ir acompañado, necesitaba de sus Virgilios personales. Al igual que Kahn, fue un arquitecto que tardó mucho en consagrar su madurez creadora, viéndose reflejada en Torres Blancas, finalizada en 1968 a la edad de 50 años.

Podría decirse que, en cierto modo, Oiza fue traicionado por sus primeras andaduras profesionales. No cabe duda de que personajes tales como el arquitecto Luis Laorga, figura un tanto desconocida, fueron indispensables para la comprensión del juvenil arranque de Sáenz de Oiza: Aránzazu, La Merced, el edificio de Alberto Alcocer, etc. Tras él, se sucedieron las colaboraciones Oiza-Sierra y Oiza-Romany. Todas ellas degeneraron en la determinación del arquitecto por continuar sólo su andadura, como un funámbulo, entre esa serie de instancias, como desgarrado por lealtades no coincidentes. El peso con el que ahora el arquitecto cargaba en sus espaldas era el del existenz-minimum racional. Todo ese mundo, Team Ten, neo-racionalismo, realismo, vivienda social... se pone en tela de juicio a finales de los años 50.

Jorge Oteiza supervisando el apostolado de Aránzazu [1954]. Image Cortesía de © Fundación ArantzazuGaur

Un punto de inflexión. En todo. Se pasa de ese racionalismo, obstinado en las formas casi homeopáticas, hacia el organicismo y el expresionismo, que no son exactamente lo mismo. Pero no se trata de eso, sino del tránsito de la herencia racionalista hacia la orgánica, dentro de un continuo ejercicio de revisionismo cultural. Surgen nuevos nombres, Wright, Utzon, Johansen, Scarpa, Zevi; y nuevos amigos, Oteiza, Moneo, Fisac, Coderch, Chillida. Nace un sentimiento de creación, inventiva, poesía, de sorpresa fulgurante… Un modo de hacer, tal vez más arbitrario, pero asimismo más libre. Sáenz de Oiza lo vivió con muchísima intensidad, en el mismo epicentro de la crisis, su momento neurálgico.

Edificio de oficinas BBVA, S. Oiza [Madrid] . Image © Fernando García Redondo [Flickr bajo licencia CC BY-NC 2.0]

Se suele adscribir, con bastante frecuencia, a Fernando Higueras los primeros embates orgánicos, tal vez plasmados de forma tan explícita con sus viviendas para artistas en El Pardo de 1960. Partía de un concepto de arquitectura radial, expresionista, de alguna forma. Pero en 1959, Oiza comenzó la construcción de viviendas unifamiliares en Durana, cerca de Vitoria, con unos criterios radiales no totalmente disimilares. El origen de la fase orgánica de Sáenz de Oiza reside aquí, en Vitoria, en 1959.

Fundación / Museo Jorge Oteiza, S. Oiza [Alzuza, Navarra]. Image © Josugoni [Wikimedia bajo licencia CC BY-NC 3.0]

Sáenz de Oiza era un arquitecto “sin estilo”. Que no se me malinterprete. Carecía de estilo porque no pertenecía a ninguno en concreto. Los ha manejado todos, frecuentemente con una brillantez absoluta a la hora de pasar de uno a otro, con desenvoltura absoluta. Algunos hablarían de cinismo, oportunismo... Prefiero hablar de indiferencia. Hay algo babélico en el repertorio de lenguajes que ha manejado. ¿Cuánto hay, en esa actitud indiferente, de estilo? ¿Es realmente, Sáenz de Oiza, en esa época un arquitecto orgánico? Se acerca un momento de consagración. Torres Blancas. Personalmente creo que el lenguaje cambia; pero hay cosas en él, como un fondo opaco, duro, que se mantienen. A la hora de proyectar, un hombre; a la hora de reflexionar, un niño; venerando obsesivamente el espectáculo de una bicicleta. 

Sobre este autor/a
Cita: Borja Fernández. "Sáenz de Oiza: una vuelta en bicicleta " 07 dic 2018. ArchDaily México. Accedido el . <https://www.archdaily.mx/mx/906520/saenz-de-oiza-una-vuelta-en-bicicleta> ISSN 0719-8914

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