
Dentro del cine de animación japonés, existe un antes y un después del estreno y posterior difusión de “Akira”, la cual impone un alto sino es que perfecto nivel de calidad de animación por medios tradicionales y convierte al país nipón en una propuesta seria ante la crítica internacional. En muchos países fuera de Japón, esta fue de las primeras películas en llegar a cartelera y más tarde a la televisión, introduciendo a toda una generación a una cultura diferente y llamativa.
Más allá del fenómeno mediático que resulto ser en su momento, “Akira” es una obra de arte que por sí sola resulta ser universal y atemporal. Si bien nos plantea un futuro distópico después de una tercera guerra mundial y una sociedad en crisis debido al periodo de recuperación de posguerra, en ella encontramos los problemas y fenómenos que en todas las sociedades y épocas ha enfrentado la civilización humana. Crisis económica, sobrepoblación, marginación, totalitarismo militar, corrupción, un largo etcétera que parece repetirse en toda voluntad de construir una ciudad perfecta.
La película nos muestra de manera inteligente la regulación de la vida después de un desastre de dimensiones catastróficas. Sobre las ruinas de la vieja capital nace una nueva ciudad, más compacta y densificada, llena de rascacielos que en su conjunto parecen formar una nueva torre de babel. Se establece sobre una isla artificial, comunicada con el resto del territorio únicamente por largos puentes. En sus calles, noche y día los militares vigilan sus calles, imponiendo ley marcial.













