
Hacia los inicios de Mongolia, los pastores desmantelan su yurt - una carpa redonda portátil realizada con fieltro o piel de animal - en búsqueda de nuevas tierras donde puedan criar su ganado. No muy lejos está un nómada digital en Bali, preparando su próximo movimiento hacia un espacio de co-living en Ho Chi Minh City. Aunque separados por vastas distancias y divisiones culturales, estos individuos están unidos por un deseo humano atemporal: una búsqueda de movilidad y espacios de vida adaptables. A la luz de los cambios geopolíticos y los estilos de vida emergentes, la demanda de arquitectura residencial flexible se intensifica. En esta era de movilidad aumentada, ¿es suficiente que las personas se muevan solas, o necesitarán los edificios del mañana seguir el mismo camino?
El número de nómadas digitales ha aumentado en los últimos años, impulsado por un deseo de flexibilidad, un mejor equilibrio entre trabajo y vida personal, y la capacidad de viajar mientras trabajan. La pandemia de COVID-19 aceleró drásticamente este cambio, con el 88% de los empleados trabajando desde casa regularmente durante la crisis, en comparación con solo el 31% antes. Esta transformación ha catalizado nuevos modelos de vivienda, particularmente "vivienda por suscripción", donde los ocupantes pagan una tarifa mensual para alquilar apartamentos amueblados, utilidades y servicios. Empresas como Cabin han surgido para satisfacer esta necesidad, ofreciendo una amplia red de espacios de vida en todo el mundo entre los cuales los clientes pueden alternar, creando comunidades digitales.







