
La mañana del último sábado, de los seis que experimenté en el viaje, fue el momento en que me di cuenta que era el principio del fin. Eran las once de la mañana, una hora más de la pactada con Umburubaca, una suerte de patriarca de la comunidad, el más longevo, el único que decía recordar cómo se construyó la más antigua de las viviendas de WeeLewo. Llegó solo, con su paso lento con el que acostumbraba desplazarse, con la espada siempre en la cintura, pero con las manos ocupadas en esta oportunidad. En ellas llevaba tres tipos distintos de ramas, las cuales había seleccionado personalmente para este mágico momento.
Los días en la selva de Indonesia son calurosos, este no era la excepción; así que elegir la locación idónea para que nos mostrara el proceso de construcción de las casas, que nos había prometido como regalo hace tanto, no era asunto menor. La plataforma de bambú del interior de la casa no nos permitiría erguir las ramillas con las que pensaba hacer la maqueta, y la explanada entre las viviendas nos expondría a los rayos de sol más intensos del día. La frustración por no encontrar el escenario idóneo para esta experiencia empezó a notarse, por ello nuestro traductor nos sugirió el espacio contiguo a la casa donde nos quedábamos, el cual estaba cubierto por el techo de ramas que nos permitiría la sombra anhelada y el piso de piedra le daría estabilidad a nuestro modelo miniatura de estas arquitecturas que tanto nos fascinaban. Era el lugar más confortable.








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