
A simple vista, construir una piscina en un borde costero podría parecer una decisión poco estratégica ¿por qué alguien elegiría bañarse allí teniendo la inmensidad del mar o el río a unos pocos pasos? Sin embargo, a pesar de nuestra primera intuición, en muchos casos estas construcciones son percibidas como infraestructuras realmente significativas por personas con movilidad reducida, niños u otros actores para los cuales los cuerpos de agua naturales pueden representar espacios inseguros. Desde esta perspectiva, las piscinas costeras se presentan como dispositivos de conexión que vinculan a las personas y el paisaje, habilitando el uso de los territorios marítimos y fluviales para que nuevos actores puedan disfrutar del agua de manera segura, sin sacrificar las vistas hacia el horizonte acuático.
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De todas maneras, operar en una situación de borde costero no es nada sencillo. Requiere de una comprensión profunda de las dinámicas hídricas y de un estudio minucioso del territorio en sus diferentes registros naturales (geológicos, topográficos, etc.) La condición cambiante de estos paisajes, atada al comportamiento cíclico de las mareas y la lógica de caudales de los ríos, desdibuja los limites concretos del soporte físico, dando lugar al desarrollo de espacios ambiguos y fluctuantes sobre los cuales no es nada sencillo construir. Sin embargo, numerosos arquitectos y diseñadores se han aventurado en esta tarea, buscando lograr una articulación entre arquitectura y paisaje y un acercamiento entre las personas y los bordes costeros.


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