Nido del Quilico, un refugio del taller Al Borde UTI en la cordillera ecuatoriana

"Este semestre puedes hacer lo que quieras, la única condición es que el proyecto final sea construido en escala real". Con este enunciado comienza el taller de séptimo nivel que imparte la premiada oficina Al Borde en la Universidad Tecnológica Indoamérica (UTI) en Ambato, Ecuador.

De este taller han surgido más de 60 proyectos construidos, entre los cuales se destaca Nido del Quilico, proyecto desarrollado en 2016 por Darío Cárdenas, Jonathan Proaño y Daniel Sandoval. El texto a continuación es la adaptación de una entrevista post-taller realizada por el equipo de Al Borde a Darío Cárdenas.

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© Nido del Quilico

Me llamo Darío Cárdenas, soy de Baños (Ecuador), una ciudad donde los deportes extremos son el pan de cada día. Desde pequeños con mi hermano nos llamó la atención el parapente; cuando veíamos a unos locos botándose de la montaña siempre íbamos corriendo a ver donde aterrizaron. Un día contactamos con un instructor, nos tocó trabajar duro para poder pagar el curso y mi hermano me apoyó bastante. Yo trabajaba en un bar, el viernes entraba a las ocho de la noche y salía a las tres de la mañana; a las siete me iba a Ambato a clases hasta las cuatro de la tarde, regresaba, me bañaba y de nuevo me iba al bar, así se pagó el curso y podría decirse que así empieza esta historia.

Cuando estás en la montaña a veces debes esperar mucho tiempo para poder volar. Llegamos arriba por lo general tipo tres de la tarde y lo usual es esperar hasta las cinco o seis para despegar. Pocas veces se puede volar ni bien llegas, bajarse del carro, armar todo y te fuiste. Puedes pasar volando unas dos horas, aunque todo depende del clima. Lo cierto es que en la montaña hay que esperar y hace mucho frío.

Así propuse como proyecto hacer un refugio: Nido del Quilico. Después fui a preguntar al dueño del terreno si lo podía hacer —él también hacía parapente con nosotros— y me dijo que siempre ha querido hacer eso y que su plan era comprar un container, excavar la tierra y ponerlo ahí, pero el costo era muy alto. Además, desde ese sitio despegamos y aterrizamos, entonces cualquier obstáculo te puede romper una pierna, más que todo por la velocidad a la que estás, por lo que era demasiado riesgoso que el proyecto sobresaliera en el terreno.

© Nido del Quilico

Volar en la cordillera de los Andes es cosa seria: hay veces que estás súper tranquilo, y de repente las condiciones cambian de la nada; entonces por seguridad tienes que aterrizar de inmediato, llegas muy rápido al suelo, no te da tiempo de desacelerar, te puedes dar contra el piso y revolcarte, todo mal. Imagínate si tienes algo contra lo que te puedas golpear, te diste contra eso y ahí quedaste.

Cuando comenzamos a construir el Nido del Quilico, un vecino vio la retroexcavadora trabajando y se asustó. Le explicamos el proyecto pero no nos creyó. Nos dijo que en esa área no se podía construir, porque querían protegerlo y declarar zona intangible. Que se declare zona intangible nos conviene a nosotros porque así no ponen líneas de alta tensión, lo que asegura que siempre podamos volar desde ahí.

© Nido del Quilico

A la final, el señor nos fue a denunciar al municipio, pero por suerte habíamos socializado el proyecto con la gente de obras públicas, y nunca subieron a decirnos nada. Si nos paraban la obra, perdíamos el semestre. En vez de pelear con el señor, nos hicimos amigos: le convencimos que el proyecto no iba en contra de un área de protección y que potenciaba el turismo, le explicamos detenidamente todo y terminó ayudándonos. En su terreno encargamos la herramienta, de ahí sacamos la conexión eléctrica, el agua para el hormigón y también le compramos sándwiches y café para aguantar el hambre y frío en la obra.

© Nido del Quilico

No tuvimos mano de obra especializada en la construcción, solo la máquina que hizo la excavación. El resto lo hicimos con Jonathan y Daniel —mis compañeros de grupo—; a veces los amigos del parapente también ayudaban y a ratos a los turistas les dábamos una pala para que ayudaran y pasaran el frío. En ese sentido fue chévere ver que todos metían mano en lo que podían. Algunos amigos del parapente nos aportaron económicamente, otros nos regalaron los ladrillos y los trajeron al sitio, otro compañero nos dio todo el plástico y así con el aporte de todos fue saliendo.

© JAG Studio

Lo más complejo del proyecto fue la puerta: le pedí ayuda a un carpintero de Baños muy cercano al club de parapente. Hablé con él como tres semanas antes de la entrega y me dijo "dale, me avisas cuando quieras y le hacemos". La entrega final era un miércoles, así que compramos la madera el jueves de la semana anterior. En ese momento pensé:

Nos dedicamos hacer la puerta viernes, sábado, domingo ¡y listo!.. Tendremos tiempo de sobra hasta el miércoles de la entrega

Pero justo este señor —Marcelito— había conocido a una extranjera y se escapó el fin de semana, apagó el teléfono y yo llamándole como loco con la madera en la casa. Finalmente contestó el lunes temprano:

Disculpa hermano, es que conocí una extranjera... ¡que ni sabes! Me voy a casar

Quedamos en vernos en la tarde en el aserradero de su primo, ese día dejamos todo cortado. Al día siguiente fue igual: nos vimos en el aserradero después de su trabajo y armamos la puerta. Marcelito faltó a su trabajo el miércoles en la mañana para instalar la puerta con nosotros; por la tarde llegaban los profesores para la entrega final en el sitio. De Baños salimos como a las seis y media de la mañana, hicimos la mezcla para fijar los parantes y en medio de la obra nos dimos cuenta que nos olvidamos las bisagras. Marcelito dijo: “ándate a comprar cuatro bisagras, ¡unas grandotas!”. Como la puerta era pesadísima, mejor compré seis. La prueba final fue sacar las estacas, los apoyos y que la puerta se abriera. "Si no se desbarata, aprobamos el semestre", nos dijimos.

Y al rato llegaron los profesores.

© JAG Studio

Esto fue en agosto de 2016. Hasta el día de hoy, todo está intacto, le usan bastante. Todos los fines de semana hay gente en la montaña, cuando los turistas tienen mucho frío se van al refugio y otros al carro. A veces hay mucha gente y no entran todos, porque el proyecto es para diez personas que estén bien sentaditas viendo el paisaje.

Profesores: Al Borde
Ayudante de Cátedra: Stéphanie Amstutz
Institución: UTI – Universidad Tecnológica Indoamérica
Proyecto: Nido del Quilico
Estudiantes: Darío Cárdenas, Jonathan Proaño, Daniel Sandoval
Semestre: Abril – Agosto 2016
Ubicación: Pelileo, Tungurahua, Ecuador
Infografía: Marie Combette – Al Borde
Fotografía: JAG Studio, Darío Cárdenas, Al Borde

© JAG Studio

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Sobre este autor/a
Cita: Al Borde. "Nido del Quilico, un refugio del taller Al Borde UTI en la cordillera ecuatoriana" 19 may 2018. ArchDaily México. Accedido el . <https://www.archdaily.mx/mx/893603/nido-del-quilico-un-refugio-del-taller-al-borde-en-la-cordillera-ecuatoriana> ISSN 0719-8914

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