
Existe una generación de arquitectos jóvenes que se han obsesionado con la cultura visual que forjó los relojes Casio y Superstudio. En este ensayo Mario Carpo explora las razones.
Todo comenzó con un reloj, en realidad, dos. El año pasado fui tutor de dos brillantes estudiantes de maestría en una escuela de arquitectura en un país europeo que no mencionaré. Habían comenzado su proyecto de tesis con algunos puntos de vista muy idealistas, "aceleracionistas" de la tecnología, suponiendo, siguiendo los pasos de algunas teorías políticas actualmente improbables, en donde el cambio tecnológico "aceleraría" la desaparición final del capitalismo. Entonces, un día se presentaron para su tutoría con dos relojes digitales Casio negros idénticos, e inmediatamente me di cuenta de que algo había salido mal. Sorprendidos por alguna iluminación en su camino a Damasco, me explicaron que habían concluido que la tecnología debería ser su enemigo en adelante. A partir de ese momento, su proyecto se convirtió en una reinterpretación "crítica" de algunos proyectos de Superstudio de principios de los años 70. Para su presentación final, algunos meses después, instalaron una instalación donde todo –hasta algunas baguettes recién compradas en la tienda de al lado de un panadero–, estaba envuelto en un papel tapiz cuidadosamente ejecutado al estilo Superstudio: una rejilla negra sobre fondo blanco. Me di cuenta de que la mayoría de sus amigos asistentes también usaban el mismo reloj Casio.

