
Hacer arquitectura social no debería ser un diferenciador de nuestra práctica. La excepción es ridícula en un país como el nuestro, donde la asimetría y la desigualdad social son la constante. Sin embargo, nada más oportuno resulta el hecho de contribuir, atajando esos grandes surcos existentes entre la realidad y el espíritu de nuestra labor desde las aulas, con el entusiasmo honesto de los estudiantes de la carrera de Arquitectura.
Este propósito de colaborar desde la academia y no el de lucrar con la necesidad, patentando las soluciones que son obvias en las comunidades, obligó a la renuncia de la promoción de autorías y sobre todo dejar de lado el ego arquitectónico con la claridad de saber que había más qué aprender de la vida de estas comunidades que imponerles a ellas una forma de vida al cobijo del “design”.
Esta fue la semilla que el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, campus Santa Fe decidió cultivar en sus estudiantes y con ese espíritu sumar a la causa de la Fundación Mesoamérica Profunda A.C. para mejorar las condiciones de vida y de trabajo de las parteras en los Altos de Chiapas.

































