
En las primeras décadas del siglo XXI, Honduras experimentó niveles más altos de crimen y violencia en comparación con sus otros vecinos centroamericanos. Esta situación hizo que el país fuera en gran medida evitado por la mayoría de los visitantes e inversores. Sin embargo, no impidió que Tegucigalpa, su capital, experimentara una explosión de desarrollos residenciales y de oficinas que actualmente están remodelando su horizonte. Definida por una topografía única y un clima tropical, la ciudad sirvió como campo de pruebas para los principios urbanísticos modernistas que contribuyeron a la transformación de un pequeño pueblo minero en una de las metrópolis más grandes de Centroamérica.
La ciudad está dividida en dos por el río Choluteca, con su geografía que presenta dos pequeños valles que albergan los centros coloniales de Tegucigalpa y Comayagüela. Estos valles están rodeados por la montaña El Picacho al norte y numerosas colinas y pendientes que albergan la mayor parte de la actividad residencial de la ciudad. Esta configuración geográfica crea un paisaje único con barreras naturales y cambios de elevación que dan forma al diseño de Tegucigalpa e influyen en la planificación urbana y la infraestructura.











